martes, 14 de enero de 2014

“ESOS DE AHÍ. ESPAÑOLES”

Viajar es la forma que tiene el adulto de volver a ver el mundo como un niño.
Tal vez por eso te comportas tan enigmáticamente como el primer día de guardería al encontrarte con otro español cuando estás de viaje en el extranjero.
A ver si encuentras al español.
A ver si encuentras al español.


Ver a uno conlleva que se te entrecierre el ojo izquierdo de sospecha. Que te gires a tu acompañante y decidas apostarte una cena frita, sabiendo que vas a ganar, y que contengas tus nervios para susurrar: “Esos de ahí. Españoles.”
Y para ratificar tu predicción te acercas sigilosa y distraídamente, haciendo ver que esa baldosa, ese cartel pegado en una farola, es tan importante para ti. Y te basta una palabra, en el idioma que sea, para volver hacia el resguardo de tu acompañante, pasando por alto toda lógica que debería decirte que si tu teoría es que no hay español que sea capaz de escaparse del radar de un compatriota, tú nunca fuiste una excepción.
“Te lo dije. Aléjate”.
Porque no hay nada que te haga sentir tan desprotegido como caminar por culturas distintas de idiomas crípticos. De dejarte ser cada día algo diferente a tu elección, de practicar ese idioma que se agarraba como un anzuelo a tu tráquea. Independientemente de tu realización, es el hecho de atreverte lo que te enciende. Y ahí está esa otra que en Madrid te hace esperar para mear, ese otro que en Pamplona hace cola a tu espalda en busca de pan, para recordarte que vienes de un lugar donde pesa más el sentirte juzgado que lo que de verdad se juzga.
Y por eso te alejas, porque te recuerda de dónde vienes y no quieres verlo. Por muy hipócrita que sea renegar. Por que también se viaja para olvidar, aunque sea un poco, la mal llamada “vida real”.
Cuando llevas más tiempo, sin embargo, sí que te apetece de vez en cuando algo de contacto. A nosotros nos ha pasado. Hemos compartido grandes momentos con gentes que están tan perdidos como tú dando vueltas por Corea, Japón, China o Camboya. Y con los que saben en cada momento dónde están porque tienen el viaje cronometrado. Son solo unos momentos de conversación, pero te sientes cerca de ese lugar en el que fuiste dado, con sus rabias, logros y miserias.

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