martes, 19 de noviembre de 2013

Bosquimanos

 Ha venido a sentarse junto al fuego y, sin ni siquiera preguntarle, se ha puesto a hablar como si tuviera la necesidad de hacerlo.  Durante nuestra última hoguera en Botswana,  amparados por una espectacular capota de estrellas, escuchamos en silencio las historias que nos cuenta. Habla sin prisa, con una media sonrisa y la mirada fija en las llamas que parecen bailar serenas al ritmo de sus palabras. Convivir durante meses junto a una tribu de Bosquimanos, el pueblo nómada más antiguo del sur de África Austral, da para muchas historias…
Y las va desgranando poco a poco, mientras aviva el fuego con un trozo de cartón y coloca con destreza algunas ramas que tratan de escapar.  Escuchamos incrédulos la historia del león que atacó a una pareja con un bebé recién nacido, cómo el hombre huyó despavorido y la mujer malherida en la pierna consiguió escapar del felino. Una vez a salvo, comprobó que las garras del animal habían desgarrado el estómago de su pequeño. Ella misma envolvió la herida con cortezas de árbol y lo apretó durante días contra su pecho. De esta manera le salvó la vida. Él nos dice que conoce a ese bebé hoy convertido en joven y que ha visto las marcas en su tripa.
Nos habla de lo arduo que es aprender su dialecto, una complicadísima manera de comunicarse a base de chasquidos con la lengua que, además, en muchas ocasiones, varía según la zona. Gracias a su aprendizaje, pudo traducirnos los ininteligibles sonidos con que los bosquimanos se dirigían a nosotros durante la caminata con ellos al atardecer. Sin él, hubiéramos tenido que centrarnos en descifrar sus miradas y gestos.
Mientras de fondo se escuchan los ruidos nocturnos de África y se vislumbran pequeños ojos en la oscuridad, él explica con tristeza que calcula apenas unos años para que la vida tradicional de este pueblo desaparezca del todo. Los jóvenes no quieren sufrir las inclemencias del calor y el frío extremos a la intemperie, ni tampoco andar en busca de raíces, semillas y tubérculos para alimentarse. Desdeñan las costumbres milenarias emigrando a las ciudades donde, a falta de empleo, muchos  de ellos acaban cayendo en la marginación y el alcohol.
 Pero también hay, nos cuenta, quienes se ven obligados a abandonar sus ancestrales tierras desérticas porque la ausencia de agua hace imposible la supervivencia. Aunque no nos lo explica, sabemos segúnSurvival International que un  yacimiento de diamantes provocó la expulsión de muchos bosquimanos de la Reserva de Caza del Kalahari Central, la prohibición de cazar para alimentarse y una lucha constante por negarles el acceso a los pozos. Uno de los modos tradicionales de conservar el agua fresca durante días es almacenarla en huevos de avestruz y tapar el pequeño agujero con unas hierbas que la mantienen limpia.
Bosquimano bebiendo agua
Recuerda con nostalgia cuando todavía les estaba permitido cazar. Sin rifles, sin facilidades. Solo el hombre y el animal. Durante horas, simplemente corrían tras la presa, como un kudu, hasta que caía por agotamiento y entonces la daban alcance con la flechas. Porque en el estilo de vida tradicional de los bosquimanos, el que está a punto de morir también por agotamiento, todo es natural, sin artificios, sin necesidades banales .
Comida, abrigo, medicinas, fuego; todo lo realmente necesario lo toman prestado de la naturaleza. Al igual que ella ha ido moldeando durante miles de años su cuerpo para adaptarlo a las duras condiciones de las tierras desérticas y remotas del Kalahari. La naturaleza, nos explica con interés les ha coloreado la piel de un bonito color miel, dotado de grandes párpados para protegerse de la intensa luz solar, desprovisto de pelo corporal y regulado su organismo para soportar gestas físicas y carencias de líquidos.
Con cada palabra despliega su admiración por este pueblo indígena, su gratitud por haberle acogido durante un tiempo como un más en su tribu y haberle enseñado todos los conocimientos que ahora le permiten trabajar como intérprete y guía en el camping. Su sueldo mantiene a su mujer e hijos a los que apenas ve porque viven en Gaborone, la capital de Botswana. Para ellos va todo lo que gana, mientras que él se conforma con poco y recibe encantado la comida que nos sobra, incluso los sobres de sopa en polvo mojados que a nosotros nos parecían inservibles.
Por sus historias compartidas, por dejarnos un recuerdo imborrable de nuestra última noche alrededor de una hoguera en África, le dedicamos este pequeño relato y le deseamos que no muera su ilusión por ayudar a los bosquimanos a permanecer en sus tierras ancestrales.
Algunos datos prácticos:
Moneda:
1 pula de Botswana = 0,10 €
Dónde dormir:
La actividad de la caminata con los bosquimanos la hicimos en el mismo camping donde dormimos: Ghanzi Trail Blazers. Además de unas parcelas básicas de acampada, también ofrecen habitaciones y la posibilidad de dormir en una recreación de una choza como la que usan ellos para dormir. Tienen un pequeño restaurante donde comimos la mejores viandas del viaje y compartimos mesa con la dueña del camping, su hijo y otros viajeros.
Cuánto cuesta:
La actividad, más una noche de camping nos costaron unas 250 pulas. La comida casera tipo buffet con bebidas para dos salió por 190 pulas.
Cómo llegar: 
El pueblo de Ghanzi está en Botswana, muy cerca del desierto del Kalahari y casi en la frontera con Namibia. Conduciendo desde su capital, Windhoek, tardarás casi siete horas  y si lo haces desde Maun, puerta de entrada al Delta del Okavango, algo más de tres horas. Llena bien el coche con combustible porque las gasolineras no abundan por esa zona.
Consejos:
Si quieres llevarte un buen recuerdo, puedes comprar piezas de joyería realizadas por artesanos bosquimanos con cáscara de huevos de avestruz o con arena del Kalahari. Un buen sitio para hacerlo es en la pequeña tienda Gantsi Craft, establecida dentro del pueblo desde 1953. Todos los beneficios que obtienen van destinados al desarrollo de la comunidad.
Se quedó por hacer:
Disfrutar de sus danzas rituales alrededor del fuego por la noche.

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