lunes, 28 de octubre de 2013

Una ruta inolvidable por los colores, olores y sabores del otoño en Asturias

Texto y fotos: Federico Ruiz de Andrés y Ana Bustabad Alonso
No importa en qué momento del año, Asturias atrapa nada más poner el pie en estas tierras mágicas del norte de España. Es difícil encontrar en el mundo otro destino como este, bonito a rabiar, hospitalario, sabroso y bien de precio.
teixois
Pero cada final de año, además, Asturias se viste de colores intensos para ofrecer al viajero un otoño de cuento; rutas inolvidables por bosques encantados; pueblecitos de pizarra y chimeneas humeantes; olor a hierba fresca, húmeda; sabores y sonrisas auténticos.
Hoy nos adentramos en una de las comarcas donde la temporada se muestra más radiante.Oscos-Eo, en el occidente asturiano, desde la costa cantábrica a las profundidades de los valles que lindan con Galicia.
Comenzamos ruta en la desembocadura del Eo, bordeando la ría plantada de eucaliptos, junto al trazado estrecho de traviesas del FEVE. A un lado, la gallega Ribadeo. Enfrente, Castropol sobre el agua, que recuerda a un Mont-Saint-Michel en miniatura. Y al fondo de la ría, Vegadeo con su Senda de los 12 puentes, desde donde parte la ruta hacia Taramundi. Allá vamos.
Comienza la aventura. Las piedras rezuman agua a un lado y otro de la carretera AS-21. Árboles de hoja caduca en rojo, amarillo, ocre; helechos jugosos. Prados verdes, infinitos, en este paisaje salpicado de vacas libres.
ermita
Despacito, para no perdernos detalle. La primera sorpresa aparece en Cereigido, una ermita que parece dibujada. Detenemos el coche en el pequeño mirador frente a la puerta, para recargar los pulmones de aire puro con vistas al valle y a la aldea de Lamisgueira.
Un poco más adelante, el mojón del kilómetro 6 anuncia ya la entrada al concejo de Taramundi, y quedan otros 12 para llegar a su capital. De camino, aldeas de tejados irregulares, cubiertas de lascas de pizarra cortadas a mano; piedras de mampostería, arquitectura humilde y centenaria.
En Ouria hacemos la segunda parada, junto a su iglesia blanca y un antiguo horno para fabricar cal, al pie mismo de la carretera. Comienza a llover finito, y este orbayu imprescindible, el mismo que mantiene la frescura de esta tierra asturiana, consigue que el decorado adquiera tintes mágicos.
ouria
Hórreos espectaculares, algunos cuadrados, otros rectangulares como los de la vecina Galicia, y una toponimia que parece también gallega. Desde Chao de Leiras, la carretera comienza a descender hacia el valle, flanqueada de paredes cortadas a cuchillo, de flores amarillas despuntando en cada grieta de la roca.
Una rotonda aparece de pronto, rompiendo por un instante la ilusión de este paisaje prodigioso. Nos ofrece desviarnos hacia los Oscos o a Taramundi, seguimos camino hacia esta última.
Enseguida encontramos Bres, con su Casa del Agua, arquitectura de indianos en blanco y burdeos para esta antigua escuela hispano-argentina. ‘La sufragaron los emigrantes, y era muy buena, una de las mejores, yo estudié aquí’, nos cuenta una mujer que interrumpe sus labores en el campo para atendernos sin prisas. No sorprende. En Asturias la hospitalidad es un arte cotidiano.  
cuchillero

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