lunes, 29 de abril de 2013

Camino de Fuentidueña, por las tierras segovianas del río Duratón

Texto y fotos: Antonio López
Es una bella e histórica villa segoviana, cabeza de la Comunidad de Tierra y Villa de Fuentidueña, asentamiento de todos los pueblos y culturas que poblaron la península: celtas, vacceos, romanos, visigodos, judíos y árabes. Un espacio natural en la vega del río Duratón. ¿Quieres conocerla? Apúntate a nuestro viaje por tierras españolas de Castilla y León.
carretera
Partimos de Peñafiel (Valladolid), cruzamos el río dejando atrás la vista del castillo como acorazado defensor de la Ribera del Duero. Mientras lo vemos perderse por el espejo retrovisor, por delante tenemos la vega plana y fértil del río Duratón; los cereales verdean fuerte en el suelo y las márgenes están cubiertas de chopos, álamos y saúcos donde comienzan a señorear sus hojas, estamos en plena primavera y el campo se encarga de cumplir su paso de estación, llega la vida.
A pocos kilómetros nos encontramos con Rábano, pequeño pueblo con iglesia-torre y meandro tranquilo del río con chopera de esparcimiento. El río baja suave, tierno y amable, el sol entra y sale por nubes locas que nos acompañan en gran cantidad, el aire las porta hacía el sureste.
Proseguimos y la carretera nos lleva a la margen izquierda para pasar por Laguna de Contreras, y seguir camino de El Vivar de Fuentidueña. La carretera vuelve a la margen derecha y empezamos a adivinar nuestro destino, allí está. Con el fondo de otra hoz del Duratón aparece Fuentidueña. Desde el Convento de S. Francisco, en mitad de la vega, con cipreses como contrafuertes de sus muros y sus puertas macizas, solo abiertas para celebraciones privadas, disfrutamos de la vista a escala de maqueta.
vega
El panorama presenta al pie el puente de cinco ojos y la iglesia de Sta. María la Mayor, la más antigua de la villa y de época románica; tiene adosada la capilla de la Inmaculada Concepción, patrona del pueblo. A su nivel y por encima, casas escalando la ladera, y sobre ellas las puertas de las bodegas que nos recuerdan a las bocas de los cantantes de un orfeón situado en escena.
A su derecha la cúpula de la capilla del palacio, hoy preciosaPosada Real Palacio de los Condes. A su vera, por detrás, el hospital-esqueleto de la Magdalena, aunque estas ruinas están declaradas Bien de Interés Cultural. Más arriba la soberbia iglesia de S. Miguel y culminando,  los restos de la iglesia de S. Martín con cementerio interior y exterior,  una necrópolis antropomórfica junto a la puerta del trascastillo que con los restos del castillo cierra el paisaje.
Rodeamos la pequeña explanada de hierba en pendiente de la iglesia hasta el lateral porticado. La puerta principal, a la que quieren chapar con mejor madera que la visible, solo se abre cuando hay bodas, y en verano coincide con el ocaso dejando entrar toda la luz del sol como un foco hasta el ábside.
iglesia
Por dentro no se corresponde con su exterior. La remodelación de 1957 la convirtió en una nave bastante simple con capillas en los cruceros, en una de ellas está enterrado el conde Pedro de Luna; alguna capillita lateral y tras el altar una buena talla de san Miguel Arcángel.
Fuera están los canecillos bajo el alero, en los del ábside tenemos el lujo de encontrar la mejor publicación medieval en piedra mostrando la naturaleza de las plantas, un zoo de animales de susto y un kamasutra ilustrado para animar al paisanaje en épocas donde la vida era corta. Se conservan en perfecto estado y solo por esto ya merece la pena la visita a la iglesia.
Subimos hasta la iglesia de san Martín, expoliada y vendido a los norteamericanos el ábside completo. La vista de la vega y Fuentidueña a los pies gusta a la vista, a nuestra espalda la puerta de trascastillo muestra el otro lado de la muralla, parece el camino del exilio, árido y pelado, auténtica frontera entre la aldea y el descubierto.
Recorremos parte de sus calles. Algunas con más de un nombre como la calle de carretera, de salidero, del río.  Salimos cruzando por el puente para tomar la carretera a Fuentesoto, se la conoce como calle de san Lázaro porque hubo antiguo hospital para leprosos ya en el siglo XII, también calle de los ganados.
rio

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