lunes, 31 de mayo de 2010

Un día en el mercado de Rissani. La vida al borde del desierto

Ladera abajo, al Sur del macizo más oriental del Gran Atlas en Marruecos, avanzamos junto al cauce del río Ziz. El río avanza, pintando de un verde brillante, las cada vez más áridas tierras que nos van acercando al Sahara, entre palmerales y pequeños asentamientos.




Finalmente el agua es tragada y desaparece entre la arena y la roca en la pequeña población de Rissani.

Aquí desde épocas remotas es parada imprescindible en las rutas comerciales trans-saharianas, donde las caravanas del Sahel descargaban parte del oro y esclavos.

Actualmente los días de mercado (Martes, jueves y domingo) el zoco se convierte en punto de encuentro de una gran parte de la población de la región, una autentica fiesta de colores, olores, sabores y texturas inundan al visitante, sumergiéndole en un mundo desconocido, entrando de lleno en la cotidianidad de un pueblo que conserva con orgullo su tradición como última escala comercial entre la civilización y el Gran desierto.




El sol se filtra entre los tejadillos que protegen el zoco, creando un escenario casi irreal. Desde el amanecer van instalando los primeros puestos. Sacos enteros de especias de colores imposibles, son abiertos y distribuidos entre los mercaderes.



Llegan camiones repletos de Sandías, naranjas, cocos, dátiles…; algunas mujeres desempolvan y colocan en los estantes artículos de artesanía, forja, latón, cobre, plata y joyería en otro callejo vemos la gran exposición de alfombras de diferentes formas, tamaños y dibujos.

Un olor a cuero recién curtido llena el oscuro callejón que nos lleva a una zona repleta de diminutas tiendas. El cuero teñido de color verde lima dando forma a “pufs” cuadrados, pompones amarillos cosidos cuidadosamente a unos frágiles y suaves guantes fucsias. Estantes desbordados de las tradicionales “Adidas bereberes”, las babuchas amarillas, con las suelas de goma de neumático reciclado.



La llamada a la oración del muecín nos anuncia el mediodía. Llegamos a la parte del mercado donde se compra y vende animales: cabras, gallinas, ovejas… y finalmente el gran mercado de los burros, auténtico medio de transporte y carga habitual en la zona. Entramos en un enorme prado repleto de de cientos de burros y algunos hombres hablando y negociando.

Una tetera en el fuego en cada rincón, en cada puesto o tienda: el imprescindible té a la menta para empezar, o cerrar cualquier transacción.


Un humeante Tajin de pollo nos hace recuperar las fuerzas. Mientras, llegan nuevos carros, camiones cargados de mercancías, filas de burros con niños montados y guiados por gentes que viven a decenas de kilómetros. Un señor tuerto me guiña su ojo sano mientras descarga bombonas de gas, lanzándolas, como si se tratara de las mismas sandías que por la mañana llegaron al mercado. Cada momento en Rissani es una experiencia.

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